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Se te quiebra la voz al decir tu precio: cómo decirlo sin disculparte

· Equipo de Nicho Escuela

Mano que ofrece una tarjeta de precios en la recepción de un estudio de yoga

¿Cómo decir tu precio sin sonar como si pidieras perdón?

Di el precio como se dice una hora: una frase corta, sin preámbulo y sin explicaciones que nadie pidió, y haz una pausa después. Evita los «solo», los «pero» y los «es que». Practícalo en voz alta hasta que salga igual que tu dirección. Si ofreces dos o tres opciones, quien escucha elige, y tú dejas de defender una sola cifra.

Antes de decir la cifra, tomas aire, y ese aire ya es una disculpa. Después llega la frase: «Mi sesión cuesta 45 dólares, pero si te parece caro lo vemos». El «pero» entró sin que lo llamaras. Y la otra persona, que no había pensado en que fuera caro, ahora sí lo piensa.

Esto le pasa a quien acompaña a otros, sea terapeuta, coach o entrenador. Lo que haces ayuda a las personas, y poner un número sobre eso se siente raro, casi sucio. Que se te quiebre la voz no significa que tu precio esté mal. Significa que aprendiste a cuidar a la gente antes que a cobrarle.

¿Qué pasa en mi cabeza justo antes de decir el número?

Son tres voces que hablan casi a la vez:

  • «Y si no puede pagarlo». Lo decides por la otra persona. La otra persona sabe lo que puede pagar; tú no.
  • «Y si piensa que me aprovecho». Estás cobrando por una hora de preparación, años de estudio y un espacio que mantienes.
  • «Mejor lo suavizo». Y lo suavizas con una frase que quita fuerza justo donde la necesitabas.

Ninguna es una prueba de que cobres mal. Son hábitos. Y los hábitos se cambian practicando, no repitiendo que «hay que creérselo».

¿Cómo suena un precio con disculpa y uno sin ella?

Casi todo cambia en tres cosas: el tamaño de la frase, lo que va antes del número y lo que va después.

Con disculpaSin disculpa
«Mira, no sé si te parezca mucho, pero la sesión sale en 45»«La sesión cuesta 45 dólares»
«Es que tengo muchos gastos, por eso cobro 45»«La sesión cuesta 45 dólares. Dura 60 minutos»
«Solo serían 45, si te sirve»«Son 45 dólares por sesión»
«Puedo ver si te bajo algo»«Esta es mi tarifa. Si quieres, te cuento otras formas de trabajar»

La segunda columna no es fría. Es clara. Tu cercanía va en el tono, en la mirada, en cómo escuchas antes y después; no en el número, que es un dato como el horario.

¿Qué hago con el silencio que viene después?

Es lo más difícil. Dices el precio y hay medio segundo de nada. Tu instinto es llenarlo: explicar, rebajar, añadir. No lo hagas. Cuenta hasta tres por dentro.

En esos tres segundos, la persona está pensando: hace cuentas, mira su agenda, decide. Si hablas encima, interrumpes justo ese proceso. Y si responde «déjame pensarlo», no es un rechazo: es una persona seria.

¿Y si en vez de un solo número doy opciones?

Sí: no decir un solo número. Con dos o tres opciones, la conversación cambia de «¿me conviene o no?» a «¿cuál me conviene?».

Tengo tres formas de trabajar: la sesión suelta, a 45 dólares; un paquete de cuatro sesiones, a 160; y el acompañamiento mensual, a 300. ¿Cuál se ajusta mejor a lo que buscas?

Fíjate en la cuenta: cuatro sesiones sueltas serían 180, así que el paquete de 160 tiene un descuento claro y real. Pero eso va por dentro; a quien escucha le basta con ver tres caminos. Si luego pregunta por una rebaja, tienes la respuesta en qué decir cuando te piden un descuento.

¿Cómo practico para que salga natural?

Tres pasos, en este orden, durante una semana:

  1. Escríbelo. Una frase de precio, sin adornos, en tu teléfono.
  2. Dilo en voz alta frente al espejo o grabándote, diez veces. Las primeras suenan raras; las últimas, normales.
  3. Dilo a una persona de confianza y pídele que te diga si notó alguna disculpa escondida.

Con esto, la próxima vez que alguien pregunte «¿y cuánto cuesta?», la cifra ya está en tu boca y no tienes que ir a buscarla en tu miedo. Si el nudo viene de antes, de no saber si tu tarifa está bien puesta, te conviene volver a cuánto cobrar por hora y comprobarlo con números.

Los nombres, las situaciones y las cifras de este artículo son ejemplos para explicar la idea; no son casos reales.

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